Ese día Mela se levanto con una
idea incrustada en su cabeza; algo que no dejaba de mover como la lengua a una
muela picada.
¿QUÉ SERIA DEL MUNDO, SIN MELA?
¿QUÉ SERIA DE ESTA VIDA, SI MELA NO HUBIERA NACIDO?
¡O mejor aun!
¿QUE SERIA DEL MUNDO, SI MELA MURIERA?
Se deslizo por la habitación con pesada losa sobre su espalda. Los
pensamientos, buitres negros, revoloteaban por su cerebro; se calzo los pies
con los desgastados tenis blancos. Esos que alguna vez costaron más de 1500
pesos. Se lavo la cara, se cepillaría los dientes; pero desde haces tres días
se acabo la pasta.
Bajo con los demás. Allí estaban sus hermanos, su mamá, los miraba con
fastidio; con grave desprecio. Odiaba con ansias asesinas a su madre; joven y
bonita. La detestaba porque a pesar de sus atributos físicos, se desistía en
romper su viudez.
Mela por ser mujer, tarde o temprano tendría que arrastrar con la carga de una
mujer enlutada. Por otro lado su hermano menor, el Benjamín, le inspiraba en
ocasiones una infinita lastima, a sus pocos años se podía adivinar un destino
magro, como la de todos ellos. Hastiado
y cansado, pronto solo sería una sombra más que vaga por las habitaciones en
busca de comida y cobijo. Creyó que eran como sucias cucarachas cobardes.
Cucarachas que hacen sonidos como palabras. Palabras que todas las mañanas
desoían; los gritos de la madre que suplicaba un momento de tregua; en el andar
de su hija mayor. Pero Mela no solo la odiaba, sino que la ignoraba
peregrinamente.
Como tantas veces, sin hablar, sin desayunar, sin un gesto condescendiente;
azoto la puerta tras de sí.

Afuera el aire frío la ahogo con más furia. A las 8 a.m. la gente se aglutina a
todo aquello que se mueva, primero se forma en filas que los transportes
colectivos engullen convenientemente; para después irlos escupiendo a lo largo de su
serpétanteo.
Cuando llego a la casa editorial (donde labora desde un tiempo) solo hallo lo
mismo que tanto se afanaba en escapar, hastió y apatía. De lo mismo que están
hecho los demonios católicos.
Su trabajo consiste en la revisión topográfica de una revista cultural; que sin
tener un gran tiraje, era muy conocida en la ciudad. Por medio de compañeros
universitarios, logro el empleo. Al principio le agrado conocer gente culta,
interesante, muy inteligente, pronto se dio cuenta de su mal apreciación de las
cosas. Acabo aburriéndose de tanta indolencia.
La mentada cultura es un asco gubernamental y particular. Poco es el interés
que despierta una revista enana, de contenido intelectual. Lo comercial, lo
vendible son las revistas amarillistas, las de farándulas; la vida hueca y
estúpidas de las estrellas plásticas. En segundo lugar las revistas para
hombres, unas muy “light,” otras que de tanto proponérselo parecen (sin serlo
nunca) eróticas. Y las mas de veras pornográficas, (por mera definición de la
palabra), con hombres y mujeres en abierta actitud representiva de una sociedad
doble moralista, pueril y transgresora de sus propias reglas mancas.
En un lugar muy apartado colocadas estratégicamente, en los puestos de
periódicos, están los libros semanal, el libro vaquero, el libro rojo etc., solo
guiones baratos de aspirantes frustrados, que no se animan en saltar de las
buenas intenciones; a los estilistas actos pornográficos que ilustran lo que es
una buena follada a una buena cojida.
Por último, pero muy al último, aisladas y rodeadas de un halo hipócrita se
encuentran las revistas culturales, donde lo “cool” es la moda de los pequeños
snobs, que entre cigarros de marihuana, inhalaciones de coca se turnan para
medio pensar como joder al prójimo sin que este se dé cuenta.
Mela se percato de todo esa podredumbre; ella se mantiene ajena al falso glamur
de estas otras estrellas. Lo tolera por que al menos deja de ser más ordinaria
que de costumbre, pues juntando todo, tiene una visión más real de las
condiciones del país y del mundo. Solo así podía explicar la sonrisa sosa del
velador, la estúpida estampa del golpeador domestico, la cadena de oro del
padrote, el policía corrupto, de los políticos pendejos e ignorantes, del
ejercito, que solo sirve para los días de desfile, de los curitas esos
degenerados ensotándoos, de las monjas, viejas matronas, que llevan al limite
su masoquismo libertino. De las madres que educan a su hijas para ser una
buenas prostitutas y a los hijos unos perfectos cabrones.
Comprobaba siempre lo infeliz de la vida. Seria esa la causa de sus
pensamientos matutinos, que ahora al subir el sol más arriba abrumaban
pesadamente su cuerpo, casi sin poder caminar.
Tarde.
La noche abriga la ciudad con un ropón negro;
Mela se pierde entre la muchedumbre que asalta la manzana. Serian las 6, 7, u 8, como saberlo con este horario tan
disperso, cualquiera se confunde; aun con el gigantesco reloj que da panorámica
a la famosa. Pero pérfida Glorieta de Insurgentes.
En la cosmopolita mini ciudad; encerrada en la macro capital. Estado de sitio,
la boca abierta del metro se llena de un ajetreó policíaco. ¿Será un simulacro?
¿Será la habitual redada? Los travestis se notan inquietos, las putitas han
abandonado sus esquinas. Junto con la restante fauna humana se arremolinan en
un solo punto. Mela misma se contagia con esa agitación; del metro emerge los
forenses, traen a cuestas sendas camillas, las sabanas manchadas de sangre
fresca, dan testimonio de algo grave. Al menos así lo piensa...
— ¡Pobre imbécil, mira que quitarse la vida sin más ni más!
—Si tu, pero quedo hecho añicos. ¡Qué espantoso!
—Sale compañero al menos ya tenemos material para los diarios de mañana
—De lo mismo de siempre, ya no jodas cámbiale...
Sin pensárselo baja escaleras, para abordar el convoy que la lleve a su casa,
esquiva los rostros llenos de compulsión y miedo de los otros que cruzan los
torniquetes de salida. Por un momento fantasea con la posibilidad de ser ella
el cuerpo desmembrado, ser ella de quien los diarios hablen con morbo y
desfachatez.
Profusamente emocionada suspira hondo. Es como una revelación espiritual;
cierra los ojos y se abandona a esa visión rápida. De igual forma sin abrirlos
sus pulmones se llenan de un embriagante aroma almizcle y fino perfume. Por fin
los abre, enfrente a unos cuantos metros una mujer es descubierta arreglándose
la falda, sus dedos brillan con un liquido que escurre hasta el piso.
Tambaleante dirige sus pasos a las escaleras, en eso las miradas de las mujeres
se hallan; es una casualidad de las circunstancias proscriptas. Remolinos
destinados a lo encuentros y desencuentros. La sorpresa las aturde, pues
segundos apenas tendrán para conocerse, mas nunca volver a verse. Una doble sonrisa
las convierte en cómplices de sus actos, de sus manías, sus traumas. Son
comunes en sus direcciones, las dos la dirige un mismo instinto.
Mela y Emphaya se alejan. Una sale al exterior la otra espera paciente su
vagón. Irán cada cual a su destino, sin saber que un lazo invisible las
estrecha, con mayor fuerza. Un tercer par de ojos,
que las escruta por la noches cada que hacen clic en sus ventanas de abandono.
FIN
F
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