bueno, pues si, quien sabe que diablos sucede en mexico, ahora resulta que el atentado sufrido en monterrey va mas alla de la sola nota terrorifica de los carteles, sean del pacifico, de lo zetas o eyes o exes, sean de donde se haya originado, ahora resulta, que ademas de todo, el mentado casino, carecia de permisos y minimas medidas de emregencia, o sea, no habia extinguindores, puertas de salida en caso de urgencia, y los empleados no sabian que hacer en una emergencia, digo dejemos a lado lo del atentado, sino en situaciones de otra indole, pero igual circunstancias emergentes... de inmediato nuestras competentes autoridades se dieron a la tarea de una revision exaustiva y de alta priodidad nacional. y como son bien observadoras cuasi magicamente se dieron a la tarea de clausurar y cerrar definitivamente esos centros de juego y riesgo... hasta ahi bien, pero... nos faltaba lo peor, que a segun los dueños o encargados del lugar. tambien se dedicaban al lavado del dinero... como la ven?
no, si repito que diablos sucede en mi mexico; se deberia de andar tras los causantes del atropello tan violento y ruin de estas lacras, y no, un cetenar de las autoridades, estan viendo donde y cuando estas casas de la mala nota, se adueñaron de nuestras adicciones... el juego.
que deberian de sujetar a estos perros rabiosos y mortiferos, que estar preocupados tantos de como le van hacer, para hincarle el diente a estos dineros mal habidos...
luego, no quieren que uno se encabrone y tachonee todo lo que es oficial... pinches changos ambiciosos y valemadistas, tanto unos como los otros en esta absurda telenovela de terror que se ha vuelto nuestro territorio.
en fin, ahi nos vemos y como siempre perdonen la pesima autografia.
me captaron o no?
mario a.
somos los que somos y no somos mas... asi me lo dijo mi madre, y esa consigna la sigo y me sigue a lo largo de mi vida..
sábado, 3 de septiembre de 2011
lunes, 29 de agosto de 2011
M É X I C O: ¿ESTÁS HARTO DE LA VIOLENCIA? ESTE 15 DE SEPTIEMBRE DEJA SOLO AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, AL GOBER Y A LOS PRESIDENTES MUNICIPALES EN EL ZÓCALO Y EN LAS PLAZAS, COMO GESTO DE PROTESTA DE TODOS LOS MEXICANOS. FESTEJEMOS EL GRITO DE INDEPENDENCIA EN CASA CON NUESTRAS FAMILIAS, CON LOS VERDADEROS MEXICANOS. SI ESTÁS DE ACUERDO, CIRCULA EL MENSAJE.
y en verdad fuera posible esto, la neta estamos hasta la madre de tanta violencia, de tantisima corrupcion de tantos y tantos años, pero igual debemos de estar hasta mas alla de la misma madre de nuestra huevonada, somos una gran parte de la sociedad que estamos sin hacer nada, que nos espantamos, que nos da miedo, que nos da asco... lo que vemos lo que oimos; pero que no hacemos nada, pinche apatia patriotera.
ojala, tuvieramos los suficientes guevos y ovarios, para no ir, al zocalo y gritarle con este silencio que su pinche bicentenario se lo pueden meter por donde mejor les quepa.
pero... somos tan guevones y agachados, que sin duda solo por sentirse un poquito "mexicanos" les vale manga, lo de monterrey, al cabo que no son de mi familia, mierdas que somos.
de todos modos si alguien ve este mensaje sepanse, que yo y mi familia, no vamos a ir ese pan y circo...
que le haga provecho... bola de nineles y ladies.
mario a.
miércoles, 3 de agosto de 2011
lea. antes de patalear...
pues nada, que entre en un blog de dimensiones grandes, entre gente de nucho saber y de alta responsabilidad... lo cual me asusta, pues fijense uds, que yo soy el mas (y unico) burro. en fin.. que alla estamos tambien en busca de fama y reconociemiento... bueno, son pecadillos de eterna presuncion.
http://tallerdeliteraturaentreamigos.blogspot.com/
cosa bella caballero.
buena suerte a esta empresas
http://tallerdeliteraturaentreamigos.blogspot.com/
cosa bella caballero.
buena suerte a esta empresas
lunes, 1 de agosto de 2011
dice
se dice lo que se tiene, que se tiene que decir y punto.
asi sin puntos y word, solo quien le entienda lo comprendera... que para el saco es lo mismo, pasa y el tiempo no perdona, la gente se muere y otra tanta nace y año con año crece. facil y sencillo, sin puntos ni guiones, sin acentos y sin respeto a lo mas elemental regla de redaccion...
y? si a quien molesta, a quien agrede? que no escriba ni bien ni bonito.
en el remoto y lejano caso, que alguien lo lea. pues hasta eso, nadie viene nadie visita. diran:
—como, si ni se entiende, escribes hacia, y no sabemos si es hacia, con que voz, pues la ausencias de tildes, es la peor trampa, para los pocos visitantes anonimos que se esfuerzan en viajar en el espacio.
la verdad, ni me importa, ni me sacude, el hecho de estar aqui sentado, por varias horas, es mi chamba, es mi tiempo, pero...
en fin. solo para que no digan, que carezco de memoria fisica.
mario a.
asi sin puntos y word, solo quien le entienda lo comprendera... que para el saco es lo mismo, pasa y el tiempo no perdona, la gente se muere y otra tanta nace y año con año crece. facil y sencillo, sin puntos ni guiones, sin acentos y sin respeto a lo mas elemental regla de redaccion...
y? si a quien molesta, a quien agrede? que no escriba ni bien ni bonito.
en el remoto y lejano caso, que alguien lo lea. pues hasta eso, nadie viene nadie visita. diran:
—como, si ni se entiende, escribes hacia, y no sabemos si es hacia, con que voz, pues la ausencias de tildes, es la peor trampa, para los pocos visitantes anonimos que se esfuerzan en viajar en el espacio.
la verdad, ni me importa, ni me sacude, el hecho de estar aqui sentado, por varias horas, es mi chamba, es mi tiempo, pero...
en fin. solo para que no digan, que carezco de memoria fisica.
mario a.
viernes, 24 de junio de 2011
Año del 67
A esta hora y en este día.
Cuando próximo estoy a dar la última bocanada de vida, que hay en mí…
Escribo con pulso fuerte lo único que deja este viajero, sus vivencias.
Todo comienzo tiene un principio y en este caso, el mío, fue en un día brumoso; llovía en las mañanas, hacia calor en las tardes, frío por las noches y de nuevo llovía en las mañanas.
Como casi todos los indefensos bebes, vine envuelto en llanto a este mundo… ¿acaso existen otros? ¿Hay vida paralela a la nuestra? En fin sea por dios. Nací en la ciudad de México en el año de 1967 en un mes de junio (el sexto) y por día veintiséis. El acta de registro así lo recuerda y confirma, para extraños y curiosos, que no crean en mis testimonios. Madre y documento recuerdan que fue un martes; al mediodía, hora inusual, pues por costumbre biológica los bebes nacen entre la noche y madrugada de cualquier día impreciso. Raramente en pleno meridiem.
Coincidencia, necedad, o no hubo de otra, pero el destino es parco y me toco México, por cuna, que no España, Italia, Argentina. Menos mal que no fueron las tierras de lo primos extranjeros; dado a su natural injerencia en todo asunto internacional, yo a mutua disposición de meterme a donde ni me llaman, menos me interesa. Sin duda a eso que ellos tanto promueven hubiera sido un funcionario entrometido y pragmático en demasía.
Si no fueran por los antecedentes que la historia repite con incesante lentitud hasta ahogarnos en mas de lo mismo, no en nosotros si no en todos juntos. Que a la hora del recuento solo somos cifras incipientes, sin más mote que daños colaterales de un México o un mundo en expansión.
Quitando esto, y cuando di mis primeros pasos a la conciencia que como individuo debe tener, fue en ese periodo, nunca concluido de la primaria ¡¡antes de este hecho histórico, ni la mas remonta idea de quien soy y hacia donde me llevan!! La escuela primaria; instalado en este edificio grandísimo, de dos patios, enormes aulas, montados unas sobre otras y con multitud de baños. Recuerdo la entrada, un fenomenal zaguán rojo. Que dividía lo que mas me impacto, montones y montones de escuincles, que sin duda al igual que yo desconocían que demonios hacíamos o teníamos que hacer ahí.
A mis casi ocho años, crecidito el burrito verdad, entre a primer año. Sol quemante, árido. La escuela federal Benito Juárez acogió a este y a tantos más. Situado al otro lado de la colonia donde vivíamos; mi hermana Gaby al abandonarme a mi suerte solo me dijo:
—¡échale ganas!
¿De donde pues? es la fecha que le sigo echando ganas, ya ni se con que buena intención. Ya adentro, nos formaron: los chicos, los medianos y los grandes. Quede entre los grandes.
Largo, escuálido, blanco, como fantasma de pueblo, de labios rojos inyectados. El guerito, dirían todos.
Fíjense que no entiendo por que el primer año debe ser maestra y no maestro, por que tienen que sentarte en lugares mixtos y los pequeños delante y los mayores atrás. Y esto es perpetuo en todas partes. ¿Del nombre de la profesora? Ni me acuerdo ¿de sus facciones? Un poco mayor que yo, y muy linda.
Disléxico e introvertido, pasaba mis horas atento a descubrir ese submundo que se abría a mis ojos, acostumbrado pequeñas imágenes cotidianas del hogar, cerrado y modesto. Perdón si no me detengo mucho en este primer año de vida, pero es tan poco lo que retuvo mi memoria, que son mas sensaciones que imágenes perdurables al que indaga las causas de la intolerancia de mis apetencias.
Al otro año, fui llevado a otra escuela mas cercana, según temores de mi hermana y madre mías, la ancha avenida Pantitlan que cruzaba día a día para llegar a la escuela, era de extremo peligroso, lo que no confesaban una y otra es que el verdadero sentido del cambio, era el sentimiento de pertenencia, pues en esta colonia es de la colonia y la otra una extraña entidad, que no seria buena en la formación de la familia. La escuela primaria estatal, Niños Héroes de Chapultepec, fue mi casa por varios años, la otra solo un breve puente en la carrera del fauno que me convertía.
Segundo grado, la maestra Isela, mujer dominante, exigente y de molde antiguo, acostumbraba, pegarnos en la palma con un largo borrador, por cualquier tontería infantil. Además de los castigos tan lerdos, como estar parados y mirando a la pared, los brazos en alto, o extendidos sujetando sendos libros en cada mano… cositas así que inventaba, en su porfía de hacernos niños héroes.
De esta forma el proceso de maduración se activo en mí ser, abrí los ojos, las orejas, las narices y las manos (para tocar, lo que mas pudiera) este mundo, que no era mío, pero que por obligación tenia que ser mío.
¿Qué si hubo dos de octubre? ¿Qué si hubo Vietnam? ¿Qué si hubo Beatles? ¿Qué si hubo olimpiadas? ¿Qué si hubo Cuba y ché Guevara? ¿Qué un tal García Márquez escribió una novela en cien años de soledad? ¿Y que Aura despertaba en fuentes?
Cuando eres ajeno a tu infancia, las noticias son las mismas siempre. Pertenecía a la generación que no existió, a no ser por esas levedades que alguien tiene que tomar nota de los demás. Así extraviados y sin nombre vagábamos sin saber a que puerto llegar, por la simple razón que no teníamos puertos a donde arribar.
Mi padre, un hombre que nunca supo que era la responsabilidad, mi madre que rápido confundió las responsabilidades con las obligaciones; pues nosotros (sus hijos) éramos su responsabilidad, renunciando a la obligación de ser feliz, (pese a quien le pese) por que feliz lo que se dice feliz, nunca lo fue, se fabrico algo parecido a la felicidad. Comprender esto en esos días y ahora es triste, por que cuando alguien nace debe ser un acontecimiento de infinita felicidad, al menos en el corto plazo que tardas para tener conciencia de que no fuiste un embarazo planeado, solo un mal día.
Y no es lamento, ni reproche, después de todo, mi generación se condeno por ese mínimo detalle, se convirtió en la generación invisible, que no dejo rastro, ni evidencia de su existencia, lo he comprobado, pues de muchos que nacimos en ese año, nadie sobrevoló las alturas de lo imperecedero, de lo transcendental.
Hago estas regresiones, a esta hora, como simples visitaciones anteriores de lo que fui. Lo cual no importa tampoco. Llana necesidad de arrojar más datos de los que especulo mi madre, esa bendita mujer, que dio a entender, a todo aquel que buscaba referencias del niño que nació en un año del 67, lo respondido simple y sin apuro:
— Es un niño chillón y cagon.
Fin.
Cuando próximo estoy a dar la última bocanada de vida, que hay en mí…
Escribo con pulso fuerte lo único que deja este viajero, sus vivencias.
Todo comienzo tiene un principio y en este caso, el mío, fue en un día brumoso; llovía en las mañanas, hacia calor en las tardes, frío por las noches y de nuevo llovía en las mañanas.
Como casi todos los indefensos bebes, vine envuelto en llanto a este mundo… ¿acaso existen otros? ¿Hay vida paralela a la nuestra? En fin sea por dios. Nací en la ciudad de México en el año de 1967 en un mes de junio (el sexto) y por día veintiséis. El acta de registro así lo recuerda y confirma, para extraños y curiosos, que no crean en mis testimonios. Madre y documento recuerdan que fue un martes; al mediodía, hora inusual, pues por costumbre biológica los bebes nacen entre la noche y madrugada de cualquier día impreciso. Raramente en pleno meridiem.
Coincidencia, necedad, o no hubo de otra, pero el destino es parco y me toco México, por cuna, que no España, Italia, Argentina. Menos mal que no fueron las tierras de lo primos extranjeros; dado a su natural injerencia en todo asunto internacional, yo a mutua disposición de meterme a donde ni me llaman, menos me interesa. Sin duda a eso que ellos tanto promueven hubiera sido un funcionario entrometido y pragmático en demasía.
Si no fueran por los antecedentes que la historia repite con incesante lentitud hasta ahogarnos en mas de lo mismo, no en nosotros si no en todos juntos. Que a la hora del recuento solo somos cifras incipientes, sin más mote que daños colaterales de un México o un mundo en expansión.
Quitando esto, y cuando di mis primeros pasos a la conciencia que como individuo debe tener, fue en ese periodo, nunca concluido de la primaria ¡¡antes de este hecho histórico, ni la mas remonta idea de quien soy y hacia donde me llevan!! La escuela primaria; instalado en este edificio grandísimo, de dos patios, enormes aulas, montados unas sobre otras y con multitud de baños. Recuerdo la entrada, un fenomenal zaguán rojo. Que dividía lo que mas me impacto, montones y montones de escuincles, que sin duda al igual que yo desconocían que demonios hacíamos o teníamos que hacer ahí.
A mis casi ocho años, crecidito el burrito verdad, entre a primer año. Sol quemante, árido. La escuela federal Benito Juárez acogió a este y a tantos más. Situado al otro lado de la colonia donde vivíamos; mi hermana Gaby al abandonarme a mi suerte solo me dijo:
—¡échale ganas!
¿De donde pues? es la fecha que le sigo echando ganas, ya ni se con que buena intención. Ya adentro, nos formaron: los chicos, los medianos y los grandes. Quede entre los grandes.
Largo, escuálido, blanco, como fantasma de pueblo, de labios rojos inyectados. El guerito, dirían todos.
Fíjense que no entiendo por que el primer año debe ser maestra y no maestro, por que tienen que sentarte en lugares mixtos y los pequeños delante y los mayores atrás. Y esto es perpetuo en todas partes. ¿Del nombre de la profesora? Ni me acuerdo ¿de sus facciones? Un poco mayor que yo, y muy linda.
Disléxico e introvertido, pasaba mis horas atento a descubrir ese submundo que se abría a mis ojos, acostumbrado pequeñas imágenes cotidianas del hogar, cerrado y modesto. Perdón si no me detengo mucho en este primer año de vida, pero es tan poco lo que retuvo mi memoria, que son mas sensaciones que imágenes perdurables al que indaga las causas de la intolerancia de mis apetencias.
Al otro año, fui llevado a otra escuela mas cercana, según temores de mi hermana y madre mías, la ancha avenida Pantitlan que cruzaba día a día para llegar a la escuela, era de extremo peligroso, lo que no confesaban una y otra es que el verdadero sentido del cambio, era el sentimiento de pertenencia, pues en esta colonia es de la colonia y la otra una extraña entidad, que no seria buena en la formación de la familia. La escuela primaria estatal, Niños Héroes de Chapultepec, fue mi casa por varios años, la otra solo un breve puente en la carrera del fauno que me convertía.
Segundo grado, la maestra Isela, mujer dominante, exigente y de molde antiguo, acostumbraba, pegarnos en la palma con un largo borrador, por cualquier tontería infantil. Además de los castigos tan lerdos, como estar parados y mirando a la pared, los brazos en alto, o extendidos sujetando sendos libros en cada mano… cositas así que inventaba, en su porfía de hacernos niños héroes.
De esta forma el proceso de maduración se activo en mí ser, abrí los ojos, las orejas, las narices y las manos (para tocar, lo que mas pudiera) este mundo, que no era mío, pero que por obligación tenia que ser mío.
¿Qué si hubo dos de octubre? ¿Qué si hubo Vietnam? ¿Qué si hubo Beatles? ¿Qué si hubo olimpiadas? ¿Qué si hubo Cuba y ché Guevara? ¿Qué un tal García Márquez escribió una novela en cien años de soledad? ¿Y que Aura despertaba en fuentes?
Cuando eres ajeno a tu infancia, las noticias son las mismas siempre. Pertenecía a la generación que no existió, a no ser por esas levedades que alguien tiene que tomar nota de los demás. Así extraviados y sin nombre vagábamos sin saber a que puerto llegar, por la simple razón que no teníamos puertos a donde arribar.
Mi padre, un hombre que nunca supo que era la responsabilidad, mi madre que rápido confundió las responsabilidades con las obligaciones; pues nosotros (sus hijos) éramos su responsabilidad, renunciando a la obligación de ser feliz, (pese a quien le pese) por que feliz lo que se dice feliz, nunca lo fue, se fabrico algo parecido a la felicidad. Comprender esto en esos días y ahora es triste, por que cuando alguien nace debe ser un acontecimiento de infinita felicidad, al menos en el corto plazo que tardas para tener conciencia de que no fuiste un embarazo planeado, solo un mal día.
Y no es lamento, ni reproche, después de todo, mi generación se condeno por ese mínimo detalle, se convirtió en la generación invisible, que no dejo rastro, ni evidencia de su existencia, lo he comprobado, pues de muchos que nacimos en ese año, nadie sobrevoló las alturas de lo imperecedero, de lo transcendental.
Hago estas regresiones, a esta hora, como simples visitaciones anteriores de lo que fui. Lo cual no importa tampoco. Llana necesidad de arrojar más datos de los que especulo mi madre, esa bendita mujer, que dio a entender, a todo aquel que buscaba referencias del niño que nació en un año del 67, lo respondido simple y sin apuro:
— Es un niño chillón y cagon.
Fin.
viernes, 17 de junio de 2011
Jonas
por ultimo, en este dia, traigo otro clasico.
con todo comentario, y correcion de panchito alias panchito.
helo aqui:
con todo comentario, y correcion de panchito alias panchito.
helo aqui:
Amigo Mario, no tengo tiempo para detallarte los fallos de tu texto, como me pides, porque sería muy entretenido. Pero te envío "mi" versión paralela, respetando al máximo el texto que tú has escrito. He procurado no romper tu estilo ni tu peculiar modo de escribir, que es muy atractivo. Si revisas y comparas las dos versiones podrás ver los fallos que, a mi juicio, hay. Si tienes alguna duda sobre algo, a tu disposición.
Eres muy amable en las opiniones que das en el foro sobre mí, perece mentira que una vez chocásemos de aquel modo tan... tonto. Ambos. Ya hace mucho tiempo que yo lo olvidé.
Saludos cordiales
Fernando
Eres muy amable en las opiniones que das en el foro sobre mí, perece mentira que una vez chocásemos de aquel modo tan... tonto. Ambos. Ya hace mucho tiempo que yo lo olvidé.
Saludos cordiales
Fernando
Rosa María creció huérfana, solo al amparo de su caritativa tía Cecilia, mujer soltera muy a su pesar, y de sus muchos años. En ella vio la oportunidad de realizar ese capricho de ser madre, pues desde entonces la vio como la hija de sus propias entrañas.
La niña se convirtió en una bella jovencita de finos modales, acompasados movimientos y altiva figura en la que destacaban el moro de su piel lozana y el brillo enigmático de unos ojos verdes. La dulce voz que juega con el viento. Doña Cecilia paseaba orgullosa la belleza perfecta que era su hija Rosa María.
Las dos mujeres vivían solas, casi enclaustradas en un viejo caserón propiedad de la doña; se mantenían de la herencia de la niña, pues sus padres al morir le dejaron unos negocios. Todos bien habidos, producto del trabajo y la prudencia de antaño.
Costumbre de muchos años, al no tener compañía más que la propia, se adoptan mascotitas para hacer más pasadera las soledades. Las hubo de todas especies: perros, gatos, loros, canarios, hasta chivos y uno que otro borrico. Les procuraban muchos cuidados, muchos apapachos, que los animalitos pagaban con solícito apego y obediencia.
Pero hubo una mascota en especial que cautivo toda la atención de la señorita Rosa María. Un gatazo blanco, ojiazul, angora, precioso; muy pretencioso, marchaba con garbo, alzaba las orejas y la cola cada vez que se paseaba altanero por las esquinas de la casa. Maullaba deliberadamente, con claro propósito de llamar la atención.
Jonás llamaban al gato; y Jonás acudía presuroso al llamado de su ama, la graciosa señorita. Tanto era el cariño que le profesaba que no solo comía ricos manjares, si no que lo hacia del mismo plato de su dueña; a la hora de dormir, ella abría sus limpias sabanas al minino y sin el minino pudor descalzaba sus pies y desnudaba su piel a la vista de este. El mimado gatuno ronroneaba de satisfacción mientras no perdía detalle de los suaves movimientos femeninos.
El gato parecía tener una rara inteligencia animal; seguía, entretenido, los monólogos de la mujer y ella resultaba en creer que Jonás entendía sus palabras.
Un día Cecilia se dio cuenta de esta extraña conducta; comprendió al fin que su hija adoptiva necesitaba la congruente compañía de alguien más que una madre ya vieja y un gato chambón.
Había por el pueblo un joven de buen nombre, apuesto, educado, heredero de una gran familia. Buen prospecto para Rosa María. Cecilia, varias veces descubrió un cruce de miradillas cómplices, signo inequívoco de un romance que apenas empieza a despuntar, los domingos en la mañana, cuando el padre Flavio oficiaba su primera misa.
—Anda —le dijo su buena madre—, ya es tiempo de que te ocupes de los dictados del corazón, ahora es cuando los amores se perpetúan en la memoria. Si no, mírame a mí, por no hacer caso a los sentimientos nunca supe del amor de un hombre. No, hija mía, eso no quiero para ti.
Rosa María entendió la sapiencia materna. Basto con un pestañeo, para que los dos se prendiesen uno del otro.
En la noche, Rosa María volvía a su monologo habitual, el gato escuchaba atento cada palabra y si alguien lo hubiera mirado con mas detenimiento, observaría la grave dilatación de las pupilas; hoscos pareceres de desaprobación.
Las citas fueron mas frecuentes. Por fin una luz en medio de tanta soledad parecía encandilar una radiante felicidad. Todas las noches sin falta, la feliz muchacha detallaba sus encuentros amorosos, de las visitas a la casa de sus próximos suegros. Por que, eso si, pronto habría boda.
Fue una noche espléndida, con luna llena y sin nada de estrellitas, que vinieron los padres a pedir la mano formalmente en matrimonio. Doña Cecilia ordeno encerrar a Jonás; deseaba una velada a gusto, sin sobresaltos ni novedades de ninguna índole. Se hablo de tradiciones, épocas demasiadas viejas y nuevas costumbres. De la buena pareja que hacían los jóvenes enamorados. De fechas y horas; por ultimo de lo conveniente en que fuera Rosa María en irse a vivir a la casa de ellos.
Entre delicioso convite, charla y más, se acordó que así fuera. En unos meses más se unirían en santo casamiento.
Doña Cecilia adivinaba con solo ver a su hija la enorme felicidad que encerraba. En todo ese tiempo nadie toco el tema del gato Jonás. Sería que la suerte del gato estaba echada definitivamente.
El gato la aguardaba impaciente, maullaba molesto, y sin embargo... Por primera vez ella lo echo del dormitorio, ante la inusitada extrañeza de este, que varias veces quiso entrar y ella lo azuzó.
— ¡Jonás vete! ¡Fuera! ¡Largo! —¿Qué paso? Cuando el corazón se llena de amor, todo lo demás viene sobrando. Jonás sobraba.
De hecho fue Rosa María quien sugirió el destino del felino. "Se quedara con usted, mamacita, para que le haga compañía". El gato le lanzo una rabiosa mirada. Nadie se percató de eso, pero ahora Jonás vigilaba los movimientos de la señorita. Ella ni siquiera le platicaba por las noches lo que hacía por las tardes cuando, tomada del brazo de su prometido, paseaba por la ciudad. Iban y venían en la acometida de los preparativos.
Al traer el ajuar de novia fue la conmoción total, pues alguien lo dejó tendido en la cama, cosa que aprovecho Jonás para dormitar encima de el. Rosa María se lleno de ira al descubrirlo hecho un ovillo en el inmaculado vestido.
—¡Gato cochino! ¡Fuera, fuera! —gritó repetidas veces.
Doña Cecilia, alertada por las voces acudió presurosa.
—¿Qué sucede hija? —preguntó alarmada.
—Mamá, el gato llenó de pelos mí vestido.
En esa ocasión el gato fue tundido a golpes, con vara de bambú, y lanzado definitivamente de la habitación de la casadera.
El odio que brotaba de los ojillos azules de Jonás premeditaba cosa horrible por acontecer. Nadie prestó atención al maligno perfume que Jonás despedía.
Faltando una noche para al fin casarse, la niña se retiró a dormir, en espera del día nupcial. La casa entera se lleno de silencio, parecía dormir un sueño lejano de despertar.
Por la madrugada, Doña Cecilia se levanto sobresaltada; eran las cinco de la mañana, le extraño la completa calma que envolvía a esa hora a la casamentera. Se dirigió a su cuarto, tocó y llamo varias veces; nadie contestó. Abrió la puerta de golpe, las muchas sombras se abatían sobre las cosas.
—Rosa María, hija mía, qué ya es tarde —decía, mientras buscaba con qué romper la tiniebla.
"CLIC". Se iluminó de pronto todo aquello.
—¡¡Dios Santo!! —exclamó con estupor la buena mujer. Los globos oculares se agrandaron al máximo en un vano intento de despertar de esa pesadilla. Volvió a gritar, con hondo espanto.
—¡Nooo! ¡Rosa María, no!
Quien la descubrió, la encontró de rodillas, a un lado del lecho, con la mirada suspendida. Rosa María se hallaba tendida, desfigurada, la almohada tinta en sangre. Un maullido lastimero sonó debajo de la cama. Otros hombres comprendieron entonces que el gato fue el asesino de su propia ama.
Lo buscaron afanosamente con la determinación de matarlo, con la misma saña que obró. Mas parecía muchos gatos a la vez; su voz retumbaba a lo largo de la lúgubre casa. Después de muchas horas, el que iba ser esposo de Rosa María dio con él.
Le asesto un golpe de hacha en la cabeza. De inmediato un pútrido hedor invadió el lugar; muchos se santiguaron, y dicen que el techo tronó como si un espíritu malo abandonara este mundo.
El tiempo pasó, doña Cecilia se fue lejos de allí, a un asilo, donde nunca más habló. Murió de repente, nadie acudió a su sepelio.
La casa donde fue el atroz suceso también fue abandonada. Allí, si se tiene valor, se podrá escuchar, en la medianoche, el maullido de un gato perdido en la inmensidad del jardín: Jonás.
La niña se convirtió en una bella jovencita de finos modales, acompasados movimientos y altiva figura en la que destacaban el moro de su piel lozana y el brillo enigmático de unos ojos verdes. La dulce voz que juega con el viento. Doña Cecilia paseaba orgullosa la belleza perfecta que era su hija Rosa María.
Las dos mujeres vivían solas, casi enclaustradas en un viejo caserón propiedad de la doña; se mantenían de la herencia de la niña, pues sus padres al morir le dejaron unos negocios. Todos bien habidos, producto del trabajo y la prudencia de antaño.
Costumbre de muchos años, al no tener compañía más que la propia, se adoptan mascotitas para hacer más pasadera las soledades. Las hubo de todas especies: perros, gatos, loros, canarios, hasta chivos y uno que otro borrico. Les procuraban muchos cuidados, muchos apapachos, que los animalitos pagaban con solícito apego y obediencia.
Pero hubo una mascota en especial que cautivo toda la atención de la señorita Rosa María. Un gatazo blanco, ojiazul, angora, precioso; muy pretencioso, marchaba con garbo, alzaba las orejas y la cola cada vez que se paseaba altanero por las esquinas de la casa. Maullaba deliberadamente, con claro propósito de llamar la atención.
Jonás llamaban al gato; y Jonás acudía presuroso al llamado de su ama, la graciosa señorita. Tanto era el cariño que le profesaba que no solo comía ricos manjares, si no que lo hacia del mismo plato de su dueña; a la hora de dormir, ella abría sus limpias sabanas al minino y sin el minino pudor descalzaba sus pies y desnudaba su piel a la vista de este. El mimado gatuno ronroneaba de satisfacción mientras no perdía detalle de los suaves movimientos femeninos.
El gato parecía tener una rara inteligencia animal; seguía, entretenido, los monólogos de la mujer y ella resultaba en creer que Jonás entendía sus palabras.
Un día Cecilia se dio cuenta de esta extraña conducta; comprendió al fin que su hija adoptiva necesitaba la congruente compañía de alguien más que una madre ya vieja y un gato chambón.
Había por el pueblo un joven de buen nombre, apuesto, educado, heredero de una gran familia. Buen prospecto para Rosa María. Cecilia, varias veces descubrió un cruce de miradillas cómplices, signo inequívoco de un romance que apenas empieza a despuntar, los domingos en la mañana, cuando el padre Flavio oficiaba su primera misa.
—Anda —le dijo su buena madre—, ya es tiempo de que te ocupes de los dictados del corazón, ahora es cuando los amores se perpetúan en la memoria. Si no, mírame a mí, por no hacer caso a los sentimientos nunca supe del amor de un hombre. No, hija mía, eso no quiero para ti.
Rosa María entendió la sapiencia materna. Basto con un pestañeo, para que los dos se prendiesen uno del otro.
En la noche, Rosa María volvía a su monologo habitual, el gato escuchaba atento cada palabra y si alguien lo hubiera mirado con mas detenimiento, observaría la grave dilatación de las pupilas; hoscos pareceres de desaprobación.
Las citas fueron mas frecuentes. Por fin una luz en medio de tanta soledad parecía encandilar una radiante felicidad. Todas las noches sin falta, la feliz muchacha detallaba sus encuentros amorosos, de las visitas a la casa de sus próximos suegros. Por que, eso si, pronto habría boda.
Fue una noche espléndida, con luna llena y sin nada de estrellitas, que vinieron los padres a pedir la mano formalmente en matrimonio. Doña Cecilia ordeno encerrar a Jonás; deseaba una velada a gusto, sin sobresaltos ni novedades de ninguna índole. Se hablo de tradiciones, épocas demasiadas viejas y nuevas costumbres. De la buena pareja que hacían los jóvenes enamorados. De fechas y horas; por ultimo de lo conveniente en que fuera Rosa María en irse a vivir a la casa de ellos.
Entre delicioso convite, charla y más, se acordó que así fuera. En unos meses más se unirían en santo casamiento.
Doña Cecilia adivinaba con solo ver a su hija la enorme felicidad que encerraba. En todo ese tiempo nadie toco el tema del gato Jonás. Sería que la suerte del gato estaba echada definitivamente.
El gato la aguardaba impaciente, maullaba molesto, y sin embargo... Por primera vez ella lo echo del dormitorio, ante la inusitada extrañeza de este, que varias veces quiso entrar y ella lo azuzó.
— ¡Jonás vete! ¡Fuera! ¡Largo! —¿Qué paso? Cuando el corazón se llena de amor, todo lo demás viene sobrando. Jonás sobraba.
De hecho fue Rosa María quien sugirió el destino del felino. "Se quedara con usted, mamacita, para que le haga compañía". El gato le lanzo una rabiosa mirada. Nadie se percató de eso, pero ahora Jonás vigilaba los movimientos de la señorita. Ella ni siquiera le platicaba por las noches lo que hacía por las tardes cuando, tomada del brazo de su prometido, paseaba por la ciudad. Iban y venían en la acometida de los preparativos.
Al traer el ajuar de novia fue la conmoción total, pues alguien lo dejó tendido en la cama, cosa que aprovecho Jonás para dormitar encima de el. Rosa María se lleno de ira al descubrirlo hecho un ovillo en el inmaculado vestido.
—¡Gato cochino! ¡Fuera, fuera! —gritó repetidas veces.
Doña Cecilia, alertada por las voces acudió presurosa.
—¿Qué sucede hija? —preguntó alarmada.
—Mamá, el gato llenó de pelos mí vestido.
En esa ocasión el gato fue tundido a golpes, con vara de bambú, y lanzado definitivamente de la habitación de la casadera.
El odio que brotaba de los ojillos azules de Jonás premeditaba cosa horrible por acontecer. Nadie prestó atención al maligno perfume que Jonás despedía.
Faltando una noche para al fin casarse, la niña se retiró a dormir, en espera del día nupcial. La casa entera se lleno de silencio, parecía dormir un sueño lejano de despertar.
Por la madrugada, Doña Cecilia se levanto sobresaltada; eran las cinco de la mañana, le extraño la completa calma que envolvía a esa hora a la casamentera. Se dirigió a su cuarto, tocó y llamo varias veces; nadie contestó. Abrió la puerta de golpe, las muchas sombras se abatían sobre las cosas.
—Rosa María, hija mía, qué ya es tarde —decía, mientras buscaba con qué romper la tiniebla.
"CLIC". Se iluminó de pronto todo aquello.
—¡¡Dios Santo!! —exclamó con estupor la buena mujer. Los globos oculares se agrandaron al máximo en un vano intento de despertar de esa pesadilla. Volvió a gritar, con hondo espanto.
—¡Nooo! ¡Rosa María, no!
Quien la descubrió, la encontró de rodillas, a un lado del lecho, con la mirada suspendida. Rosa María se hallaba tendida, desfigurada, la almohada tinta en sangre. Un maullido lastimero sonó debajo de la cama. Otros hombres comprendieron entonces que el gato fue el asesino de su propia ama.
Lo buscaron afanosamente con la determinación de matarlo, con la misma saña que obró. Mas parecía muchos gatos a la vez; su voz retumbaba a lo largo de la lúgubre casa. Después de muchas horas, el que iba ser esposo de Rosa María dio con él.
Le asesto un golpe de hacha en la cabeza. De inmediato un pútrido hedor invadió el lugar; muchos se santiguaron, y dicen que el techo tronó como si un espíritu malo abandonara este mundo.
El tiempo pasó, doña Cecilia se fue lejos de allí, a un asilo, donde nunca más habló. Murió de repente, nadie acudió a su sepelio.
La casa donde fue el atroz suceso también fue abandonada. Allí, si se tiene valor, se podrá escuchar, en la medianoche, el maullido de un gato perdido en la inmensidad del jardín: Jonás.
mi amigo el diablo
aqui otro del recuerdo, uno que el maestro panchito me hecho la mano:
mi amigo el diablo, de este tengo buenos recuerdos, pues pocos saben que lo hice en una media hora del trayecto del camion a mi casa.
mi amigo el diablo, de este tengo buenos recuerdos, pues pocos saben que lo hice en una media hora del trayecto del camion a mi casa.
Nunca entendí cómo diablos estaba yo aquí, o más bien cómo caí exactamente por estos rumbos de Iztapalapa; aunque no era raro, ya pensándolo más detenidamente, siempre he tenido una extraña coincidencia en toparme con situaciones inverosímiles y cómicas. Por bocón, o por simple cruce de un camino y otro.
En ocasiones me resignaba y en otras, como esta, me punzaban la rabia y la impotencia; ya eran las nueve de la noche, y yo seguía camina que camina. No veía a nadie más a mi alrededor, quiero decir personas, casas, luces o cualquier cosa por el estilo; solo a lo lejos un gran resplandor amarillo, sin duda la ciudad. Las últimas gentes que se atravesaron en mi andar me habían dicho: “ ¡Ah! Mire, siga así derecho por esta avenida y como a veinte o veinticinco minutos se encontrará con la avenida Iztapalapa, por ahí llegará a la cárcel de hombres y adelante, como a otros veinte o treinta minutos, está el metro Santa Martha”.
Hace más de dos horas que camino y nada, ni ermita, ni cárcel, ni menos metro, y lo más raro del caso es que desde hace poco siento que asciendo, como que el terreno ya no es plano, sino cuesta arriba; quise regresar pero no tiene mucho caso, otras veces lo he intentado y creo que fue peor. Allá veo a lo lejos una torre metálica, de esas enormes que transportan energía eléctrica. ¡Vaya!, creo que si la sigo pronto llegaré al menos a un poblado.
¡Bruum, qué frío siento! ¡Caramba!, ya pasa de las nueve y media. ¡Chihuahua! ¿Qué voy a decir en casa, con lo celosa que es la Martina? Pensará que me fui de loco, ya mero me va a creer que me perdí. Si ni yo mismo lo creo. ¡Qué mala pata!, ¿por qué me pasan estas cosas a mí? En fin, ni modo.
Aprieto con fuerza los veinte pesos metálicos guardados en mis bolsillos del pantalón. ¡Cómo quisiera estar ya en mi camita, después de cenar un buen arrumaco con la Martina! Lo que sea de cada quién; me quiere de reharto y yo a ella, solo que esta miseria nos ahoga, nos mata.
Pobrecita, aún recuerdo el día que decidió irse a vivir conmigo: no hubo ni boda, ni fiesta, nada. Solo promesas; pero no se queja, no dice nada; al contrario parece feliz, contenta, como si poco le preocupara. Algún día, Chaparrita. ¡Algún día te daré todo lo que te mereces!
¡Chihuahua, no puede ser! Hasta aquí llegan las dichosas torres. Y ahora, ¿por dónde? ¡Chin! No queda otra que caminar y seguir caminando. Son ya las once en punto. Cada vez me pesa más la mochila en el hombro; tengo hambre. Definitivamente sí, estoy subiendo. Un vientecillo frío alborota mis pelos tiesos; entra por mis poros, se anida en mi alma. Todavía hace unos minutos podía oír ladridos de perros; ahorita ya ni eso.
Pequeños relámpagos cruzan mi cielo negro; si lo pienso bien, tal vez me convenga subir hasta mero arriba. ¿Quién quita que desde ahí ubique mejor la ciudad? Sí, eso es lo mejor, y acelero el paso. Pequeños matorrales, árboles enanos van y vienen en un errático andar. Van a dar las doce.
Detengo por un momento mi marcha: ¡Y sí!, de plano, mejor aquí me quedo. Aquí paso la noche. Total, ¿qué me puede pasar? Pero, ¿y la Martina? Bien que la conozco, ha de estar muy preocupada, con lo que me quiere; si hasta ya ha de haber llamado al trabajo; pero ¿quién le va a contestar, si es tardísimo?¡No, no! Tengo que ir, ha de estar bien afligida. Es tan capaz de ir a los hospitales. Tengo que ir ya. En cuanto vea un teléfono la aviso.
¡Cómo me hago bolas! El vientecillo frío refresca el sudor que se asoma en mi piel.
Ya falta poco para llegar hasta merito arriba, pero mis pies se han cansado. Ya no puedo dar ni un paso más. Algo llega a mi olfato, huelo a ceniza, a quemado. ¿Hasta acá? Se hace más penetrante el olor a leña quemada. No veo la lumbre, solo me guío por el olor a incienso perfumado. Titubeo un poco cuando a pocos metros de mí vislumbro una fogatilla naranja. Pequeñas lenguas de ese color se alzan al cielo en vano intento de alcanzarlo.
Camino un poco más y me detengo abruptamente. Exactamente frente a la lumbrera, de espaldas a mí, la figura sentada de una persona se frota las manos y se inclina con elasticidad hacia el fuego. No hay nadie más, sólo esa persona sentada. A su lado, un morral o algo así descansa; eso es todo. Pienso en muchas posibilidades, bien podría caminar hacia los lados y rodear al sujeto, bien podría acercarme y pedir informes. ¿Y si fuera un maleante, un drogadicto o un asesino? O peor aún. Miro hacia atrás. Solo oscuridad y frío. En el reloj, las dos de la mañana. No tengo alternativa, avanzo hacia el personaje desconocido. No bien llego hasta donde está, cuando lo escucho por primera vez:
—Acércate Serafín. —Un frío maldito recorre de pies a cabeza todo mi ser.
—¿Quién es usted?
—Te esperaba, Serafín. Siéntate, hace frío.
—¿Quién es usted?” —vuelvo a preguntar. Ahora el hombre está a la izquierda, encogido, casi no lo veo.
—Siéntate, Serafín. —Su voz es de mandato, de orden, no puedo negarme. Me siento en el suelo; las chispas brincotean, indecisas. Mi pensamiento va montado en el tiempo.
—Ya es tarde, ¿verdad, Serafín?
—Un poco, señor... ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Dónde estamos?
—Son muchas preguntas, Serafín. Con paciencia, con mucha paciencia.
Me calló. Pienso que aunque vuelva a preguntar no habrá respuestas.
—Serafín, tú estás aquí y lo demás solo son intrascendencias. El centro de las cosas está aquí, en medio del fuego. Arriba, el infinito rodea lo que tú llamas Mundo, ese mundo que gira de izquierda a derecha. Todos caminan por una vereda llena de accidentes, de caminos sinuosos; nunca rectos. Simples o complejos, eso depende de cada concepción que se desprenda del hombre. Incluso hay personas que viven y mueren sin pisar y por tanto no dejan huella tras de sí.
Pienso en la Martina ¿Qué estará haciendo?
—¡Toma! —Algo sacó de su morral. Me lo da y lo tomo. Automáticamente me lo llevo a la boca; lo pruebo sin saber qué es; sabe delicioso, exquisito.
—¿Qué es?
—Serafín, solo cómetelo. Ten.
Me da ahora una botellita pequeña. Sin preguntar, bebo de ella; un licor embriagante. Al momento, un delicado ardor llena mi estómago. Ya nada me preocupa.
—Serafín, tú no eres un hombre ordinario. Eres único.
—¿Por qué dice esas cosas, señor?
—Serafín, solo estamos tú y yo, puedes hablarme con toda franqueza; yo no juzgo, no puedo juzgar; se me ha vedado todo intento para ser arbitro o juez.
—Usted parece una persona muy importante. Muy seria.
—Serafín, solo porque sacié tu hambre y tu sed crees todo eso. ¿Qué dirías si te diera el futuro que tanto anhelas?
—Si le preguntase quién es usted, ¿me lo diría?
— Serafín, las palabras son ropas que estorban, ¿entiendes?
—¡Cómo voy a entender!, estoy perdido en la nada... Tan igual como usted.
—Serafín, te confundes. Es lógico, solo eres un hombre. Yo no me pierdo; sé en dónde estoy y con quién hablo. Ahora hablo con Serafín Hernández: un hombre de treinta y cinco años que desde hace dos vive sin casarse con Martina Juárez, siete años menor. Que desde entonces trabaja incansablemente. Cada peso, cada centavo, lo exprime, lo estira hasta no poder más. Vive oprimido, viendo de lejos eso que anhela, eso que gusta, pero que nunca será suyo. A menos que suceda un milagro ¿Crees en los milagros, Serafín?
—Me conoce bien, señor.
—¿Te conoces tú, Serafín? ¿Te conoces? ¿Sabes de lo que eres capaz o de lo que no lo eres? Pero ahora soy yo el que hace muchas preguntas. Olvídalo.
—Señor, es tu fuego; pregúntame todo lo que quieras.
—Serafín, ustedes, los hombres, me tienen por un ser horroroso, mezquino, cruel y tantas ideas más. Nada de lo que realmente soy.
—¡Qué puedo yo decirle!, señor. Bien lo ha dicho: solo soy un hombre sencillo.
—Serafín, para mí eres muy especial. Eres tan simple, tan poco complicado. Tus preocupaciones son así de chiquitas, como el polvo que levanta el viento. No te ofendas, amigo, al contrario, eres afortunado. Tus decisiones solo te atañen a ti. La Humanidad está a salvo de tu proceder. Eres tan inofensivo...
—No, señor. No me ofende. Aunque tanta gente me ofende que, la verdad, otra más, ¿qué más daría?
— Serafín, mi pobre Serafín. Es cierto. Eres tan sensible, cualquiera abusa de tu bondad, de esa alma buena que tienes dentro de ti. Las almas... ¿Cuánto crees que valga un alma, Serafín?
—No lo sé, señor. Ni siquiera sé si existen las almas.
—Existen, Serafín. Son el motor que mueve el mundo; son el porqué de nuestro encuentro. La tradición de antiguo es que a cambio de un alma, puedo dar todo lo que me pidan. ¿Crees tú eso, Serafín? ¿Lo crees?
—Si así fuera, señor, sería un mundo maravilloso, lleno de felicidad, a gusto. Bonito, muy bonito.
—¿Por qué, Serafín? ¿Por qué dices que sería bonito?
—Señor, ¿qué cosa mejor pediría uno, sino la completa felicidad de los demás?
—Eres bueno, Serafín. No cabe duda. No me equivoqué contigo. Pero dime, Serafín ¿Qué quieres de mí?
—Señor, ¿qué puedo pedir? Cosas sin valor, nada importantes.
—¿Te parece poco importante darle una mejor vida a tu mujer? ¿No te gustaría casarte con ella? Pero en verdad; con fiesta, vestidos, buena comida, buena bebida; con todos tus familiares y amigos ¿No te gustaría, Serafín?
— Señor, perdone si le parezco tonto, pero nunca he tenido problemas por vivir así como vivo. No sé. Casi toda la gente que conozco se contenta con lo que tiene.
—Una cena opípara. ¿Quieres, Serafín? Un pollo bien frito, unas papas doraditas, crujientes; un refresco frío de cola, de esos que pican tu garganta y tu panza. Para después juguetear con tu mujer, con esa linda mujer que tanto te quiere. que tanto espera de ti, ¿No quisieras, Serafín?
—Ella me ama; no sé qué tanto. Pero me ama y yo a ella.
—Serafín, el amor es un lindo sentimiento humano; pero se acaba con el otoño de los años. ¿Te has puesto a pensar si ella se cansara de tanta pobreza y se marchase para siempre?
—Yo, señor ¿qué podría hacer? Ni yo estoy seguro de que lo que siento pueda ser duradero ¡No lo sé!
—Serafín, dentro de diez años, cuando tengas cuarenta y cinco exactamente, tendrás un estomago prominente, poco pelo, tus pies seguirán oliendo tan desagradable como hasta hoy, tres niños te hostigarán con la misma cantaleta que tanto odiarás: ‘Papá dame’; ‘Papá dame’. Y tu frágil Martina será una vieja gorda, apestando a cebollas; será más celosa y puntillosa. Nada bueno hay en tu futuro, Serafín, nada bueno.
—Señor, ¿por qué me dice estas cosas? Nada cambiará. Al contrario, ello me evita la pena de andar sin dirección, como en este momento.
—Serafín, me sorprendes en verdad. Sé que eres sincero, sin tacha de vanidad. Tu pretensión es vivir, nada más. Solo que si tú quisieras tener más, yo te lo daría a cambio de algo que tú posees y yo no...
—Señor, se equivoca. No tengo nada, usted lo tiene todo: la lumbre, el pan, el vino. El tiempo. Todo lo tienes, Señor.
—Serafín, ¡Qué cosas dices! No eres sabio, tal vez un poco inteligente, pero no sabio. Eso es bueno, la sabiduría es falsa vanagloria para los sujetos que fingen demencia, locura senil de unos cuantos sobre muchos. Se hace tarde, Serafín, y, créeme, fue un placer encontrarte, pocas personas guardan la compostura ante mis palabras y cuando de pedir se trata, piden cosas tan absurdas que terminan odiándose con más fuerza. Eso no es culpa mía. Los hombres lo aprenden de generación en generación, mal de años... He de despedirme.
—¿Te vas, Señor?
—No, te vas tú, Serafín. Te esperan en tu casa, una buena mujer que te ama, un futuro incierto. Mil peripecias antes de cruzar el umbral al que tu especie esta condenada.
—Y tú, Señor, ¿adónde irás?
—Serafín, el poder que poseo me hace el ser más solo que te puedas imaginar. Tu amistad me haría mucho bien.
—Señor, ¿yo, que soy simple criatura de un caos?
—Serafín, tienes razón. Sea así. Solo deseo que seas feliz con lo que tienes, nada más.
—Gracias, Señor.
—Observa bien, Serafín. Cuando la última flama de esta fogata se extinga, será como si nunca nos hubiéramos visto. Entre tantas cosas, tengo la facultad de jugar con el tiempo; no de alterarlo, solo de atrasarlo o adelantarlo a mi antojo. Camina hacia allá, hacia donde ibas cuando llegaste.
—¿Cómo sabré si se apaga la lumbrera, Señor?
—¡No te digo! Eres muy observador. No importa, Serafín, de todos modos me caes bien; me simpatiza encontrar gente como tú. Ya es el momento. Anda, ve de una buena vez.
Caminé hacia donde me indicó. Cuando ya no percibí el humo de la lumbrera volví la vista hacia los restos, donde pensé que aún estaría él, pero no era así, ya no había nadie. Empecé a caminar cuesta abajo, sin saber cómo di con la avenida Ermita Iztapalapa; más allá, unas torres vigía me indicaban una señal: desbordando de muchedumbre, el popular metro.
Miré el reloj marcaba, las siete de la tarde. En mi bolsa aún tenia los veinte pesos, en mi paladar el sabroso sabor de un buen guiso y el amargo dulzón de un buen vino.
Llegaría temprano a estrechar a mi Martina, todo gracias a mi buen amigo el Diablo.
En ocasiones me resignaba y en otras, como esta, me punzaban la rabia y la impotencia; ya eran las nueve de la noche, y yo seguía camina que camina. No veía a nadie más a mi alrededor, quiero decir personas, casas, luces o cualquier cosa por el estilo; solo a lo lejos un gran resplandor amarillo, sin duda la ciudad. Las últimas gentes que se atravesaron en mi andar me habían dicho: “ ¡Ah! Mire, siga así derecho por esta avenida y como a veinte o veinticinco minutos se encontrará con la avenida Iztapalapa, por ahí llegará a la cárcel de hombres y adelante, como a otros veinte o treinta minutos, está el metro Santa Martha”.
Hace más de dos horas que camino y nada, ni ermita, ni cárcel, ni menos metro, y lo más raro del caso es que desde hace poco siento que asciendo, como que el terreno ya no es plano, sino cuesta arriba; quise regresar pero no tiene mucho caso, otras veces lo he intentado y creo que fue peor. Allá veo a lo lejos una torre metálica, de esas enormes que transportan energía eléctrica. ¡Vaya!, creo que si la sigo pronto llegaré al menos a un poblado.
¡Bruum, qué frío siento! ¡Caramba!, ya pasa de las nueve y media. ¡Chihuahua! ¿Qué voy a decir en casa, con lo celosa que es la Martina? Pensará que me fui de loco, ya mero me va a creer que me perdí. Si ni yo mismo lo creo. ¡Qué mala pata!, ¿por qué me pasan estas cosas a mí? En fin, ni modo.
Aprieto con fuerza los veinte pesos metálicos guardados en mis bolsillos del pantalón. ¡Cómo quisiera estar ya en mi camita, después de cenar un buen arrumaco con la Martina! Lo que sea de cada quién; me quiere de reharto y yo a ella, solo que esta miseria nos ahoga, nos mata.
Pobrecita, aún recuerdo el día que decidió irse a vivir conmigo: no hubo ni boda, ni fiesta, nada. Solo promesas; pero no se queja, no dice nada; al contrario parece feliz, contenta, como si poco le preocupara. Algún día, Chaparrita. ¡Algún día te daré todo lo que te mereces!
¡Chihuahua, no puede ser! Hasta aquí llegan las dichosas torres. Y ahora, ¿por dónde? ¡Chin! No queda otra que caminar y seguir caminando. Son ya las once en punto. Cada vez me pesa más la mochila en el hombro; tengo hambre. Definitivamente sí, estoy subiendo. Un vientecillo frío alborota mis pelos tiesos; entra por mis poros, se anida en mi alma. Todavía hace unos minutos podía oír ladridos de perros; ahorita ya ni eso.
Pequeños relámpagos cruzan mi cielo negro; si lo pienso bien, tal vez me convenga subir hasta mero arriba. ¿Quién quita que desde ahí ubique mejor la ciudad? Sí, eso es lo mejor, y acelero el paso. Pequeños matorrales, árboles enanos van y vienen en un errático andar. Van a dar las doce.
Detengo por un momento mi marcha: ¡Y sí!, de plano, mejor aquí me quedo. Aquí paso la noche. Total, ¿qué me puede pasar? Pero, ¿y la Martina? Bien que la conozco, ha de estar muy preocupada, con lo que me quiere; si hasta ya ha de haber llamado al trabajo; pero ¿quién le va a contestar, si es tardísimo?¡No, no! Tengo que ir, ha de estar bien afligida. Es tan capaz de ir a los hospitales. Tengo que ir ya. En cuanto vea un teléfono la aviso.
¡Cómo me hago bolas! El vientecillo frío refresca el sudor que se asoma en mi piel.
Ya falta poco para llegar hasta merito arriba, pero mis pies se han cansado. Ya no puedo dar ni un paso más. Algo llega a mi olfato, huelo a ceniza, a quemado. ¿Hasta acá? Se hace más penetrante el olor a leña quemada. No veo la lumbre, solo me guío por el olor a incienso perfumado. Titubeo un poco cuando a pocos metros de mí vislumbro una fogatilla naranja. Pequeñas lenguas de ese color se alzan al cielo en vano intento de alcanzarlo.
Camino un poco más y me detengo abruptamente. Exactamente frente a la lumbrera, de espaldas a mí, la figura sentada de una persona se frota las manos y se inclina con elasticidad hacia el fuego. No hay nadie más, sólo esa persona sentada. A su lado, un morral o algo así descansa; eso es todo. Pienso en muchas posibilidades, bien podría caminar hacia los lados y rodear al sujeto, bien podría acercarme y pedir informes. ¿Y si fuera un maleante, un drogadicto o un asesino? O peor aún. Miro hacia atrás. Solo oscuridad y frío. En el reloj, las dos de la mañana. No tengo alternativa, avanzo hacia el personaje desconocido. No bien llego hasta donde está, cuando lo escucho por primera vez:
—Acércate Serafín. —Un frío maldito recorre de pies a cabeza todo mi ser.
—¿Quién es usted?
—Te esperaba, Serafín. Siéntate, hace frío.
—¿Quién es usted?” —vuelvo a preguntar. Ahora el hombre está a la izquierda, encogido, casi no lo veo.
—Siéntate, Serafín. —Su voz es de mandato, de orden, no puedo negarme. Me siento en el suelo; las chispas brincotean, indecisas. Mi pensamiento va montado en el tiempo.
—Ya es tarde, ¿verdad, Serafín?
—Un poco, señor... ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Dónde estamos?
—Son muchas preguntas, Serafín. Con paciencia, con mucha paciencia.
Me calló. Pienso que aunque vuelva a preguntar no habrá respuestas.
—Serafín, tú estás aquí y lo demás solo son intrascendencias. El centro de las cosas está aquí, en medio del fuego. Arriba, el infinito rodea lo que tú llamas Mundo, ese mundo que gira de izquierda a derecha. Todos caminan por una vereda llena de accidentes, de caminos sinuosos; nunca rectos. Simples o complejos, eso depende de cada concepción que se desprenda del hombre. Incluso hay personas que viven y mueren sin pisar y por tanto no dejan huella tras de sí.
Pienso en la Martina ¿Qué estará haciendo?
—¡Toma! —Algo sacó de su morral. Me lo da y lo tomo. Automáticamente me lo llevo a la boca; lo pruebo sin saber qué es; sabe delicioso, exquisito.
—¿Qué es?
—Serafín, solo cómetelo. Ten.
Me da ahora una botellita pequeña. Sin preguntar, bebo de ella; un licor embriagante. Al momento, un delicado ardor llena mi estómago. Ya nada me preocupa.
—Serafín, tú no eres un hombre ordinario. Eres único.
—¿Por qué dice esas cosas, señor?
—Serafín, solo estamos tú y yo, puedes hablarme con toda franqueza; yo no juzgo, no puedo juzgar; se me ha vedado todo intento para ser arbitro o juez.
—Usted parece una persona muy importante. Muy seria.
—Serafín, solo porque sacié tu hambre y tu sed crees todo eso. ¿Qué dirías si te diera el futuro que tanto anhelas?
—Si le preguntase quién es usted, ¿me lo diría?
— Serafín, las palabras son ropas que estorban, ¿entiendes?
—¡Cómo voy a entender!, estoy perdido en la nada... Tan igual como usted.
—Serafín, te confundes. Es lógico, solo eres un hombre. Yo no me pierdo; sé en dónde estoy y con quién hablo. Ahora hablo con Serafín Hernández: un hombre de treinta y cinco años que desde hace dos vive sin casarse con Martina Juárez, siete años menor. Que desde entonces trabaja incansablemente. Cada peso, cada centavo, lo exprime, lo estira hasta no poder más. Vive oprimido, viendo de lejos eso que anhela, eso que gusta, pero que nunca será suyo. A menos que suceda un milagro ¿Crees en los milagros, Serafín?
—Me conoce bien, señor.
—¿Te conoces tú, Serafín? ¿Te conoces? ¿Sabes de lo que eres capaz o de lo que no lo eres? Pero ahora soy yo el que hace muchas preguntas. Olvídalo.
—Señor, es tu fuego; pregúntame todo lo que quieras.
—Serafín, ustedes, los hombres, me tienen por un ser horroroso, mezquino, cruel y tantas ideas más. Nada de lo que realmente soy.
—¡Qué puedo yo decirle!, señor. Bien lo ha dicho: solo soy un hombre sencillo.
—Serafín, para mí eres muy especial. Eres tan simple, tan poco complicado. Tus preocupaciones son así de chiquitas, como el polvo que levanta el viento. No te ofendas, amigo, al contrario, eres afortunado. Tus decisiones solo te atañen a ti. La Humanidad está a salvo de tu proceder. Eres tan inofensivo...
—No, señor. No me ofende. Aunque tanta gente me ofende que, la verdad, otra más, ¿qué más daría?
— Serafín, mi pobre Serafín. Es cierto. Eres tan sensible, cualquiera abusa de tu bondad, de esa alma buena que tienes dentro de ti. Las almas... ¿Cuánto crees que valga un alma, Serafín?
—No lo sé, señor. Ni siquiera sé si existen las almas.
—Existen, Serafín. Son el motor que mueve el mundo; son el porqué de nuestro encuentro. La tradición de antiguo es que a cambio de un alma, puedo dar todo lo que me pidan. ¿Crees tú eso, Serafín? ¿Lo crees?
—Si así fuera, señor, sería un mundo maravilloso, lleno de felicidad, a gusto. Bonito, muy bonito.
—¿Por qué, Serafín? ¿Por qué dices que sería bonito?
—Señor, ¿qué cosa mejor pediría uno, sino la completa felicidad de los demás?
—Eres bueno, Serafín. No cabe duda. No me equivoqué contigo. Pero dime, Serafín ¿Qué quieres de mí?
—Señor, ¿qué puedo pedir? Cosas sin valor, nada importantes.
—¿Te parece poco importante darle una mejor vida a tu mujer? ¿No te gustaría casarte con ella? Pero en verdad; con fiesta, vestidos, buena comida, buena bebida; con todos tus familiares y amigos ¿No te gustaría, Serafín?
— Señor, perdone si le parezco tonto, pero nunca he tenido problemas por vivir así como vivo. No sé. Casi toda la gente que conozco se contenta con lo que tiene.
—Una cena opípara. ¿Quieres, Serafín? Un pollo bien frito, unas papas doraditas, crujientes; un refresco frío de cola, de esos que pican tu garganta y tu panza. Para después juguetear con tu mujer, con esa linda mujer que tanto te quiere. que tanto espera de ti, ¿No quisieras, Serafín?
—Ella me ama; no sé qué tanto. Pero me ama y yo a ella.
—Serafín, el amor es un lindo sentimiento humano; pero se acaba con el otoño de los años. ¿Te has puesto a pensar si ella se cansara de tanta pobreza y se marchase para siempre?
—Yo, señor ¿qué podría hacer? Ni yo estoy seguro de que lo que siento pueda ser duradero ¡No lo sé!
—Serafín, dentro de diez años, cuando tengas cuarenta y cinco exactamente, tendrás un estomago prominente, poco pelo, tus pies seguirán oliendo tan desagradable como hasta hoy, tres niños te hostigarán con la misma cantaleta que tanto odiarás: ‘Papá dame’; ‘Papá dame’. Y tu frágil Martina será una vieja gorda, apestando a cebollas; será más celosa y puntillosa. Nada bueno hay en tu futuro, Serafín, nada bueno.
—Señor, ¿por qué me dice estas cosas? Nada cambiará. Al contrario, ello me evita la pena de andar sin dirección, como en este momento.
—Serafín, me sorprendes en verdad. Sé que eres sincero, sin tacha de vanidad. Tu pretensión es vivir, nada más. Solo que si tú quisieras tener más, yo te lo daría a cambio de algo que tú posees y yo no...
—Señor, se equivoca. No tengo nada, usted lo tiene todo: la lumbre, el pan, el vino. El tiempo. Todo lo tienes, Señor.
—Serafín, ¡Qué cosas dices! No eres sabio, tal vez un poco inteligente, pero no sabio. Eso es bueno, la sabiduría es falsa vanagloria para los sujetos que fingen demencia, locura senil de unos cuantos sobre muchos. Se hace tarde, Serafín, y, créeme, fue un placer encontrarte, pocas personas guardan la compostura ante mis palabras y cuando de pedir se trata, piden cosas tan absurdas que terminan odiándose con más fuerza. Eso no es culpa mía. Los hombres lo aprenden de generación en generación, mal de años... He de despedirme.
—¿Te vas, Señor?
—No, te vas tú, Serafín. Te esperan en tu casa, una buena mujer que te ama, un futuro incierto. Mil peripecias antes de cruzar el umbral al que tu especie esta condenada.
—Y tú, Señor, ¿adónde irás?
—Serafín, el poder que poseo me hace el ser más solo que te puedas imaginar. Tu amistad me haría mucho bien.
—Señor, ¿yo, que soy simple criatura de un caos?
—Serafín, tienes razón. Sea así. Solo deseo que seas feliz con lo que tienes, nada más.
—Gracias, Señor.
—Observa bien, Serafín. Cuando la última flama de esta fogata se extinga, será como si nunca nos hubiéramos visto. Entre tantas cosas, tengo la facultad de jugar con el tiempo; no de alterarlo, solo de atrasarlo o adelantarlo a mi antojo. Camina hacia allá, hacia donde ibas cuando llegaste.
—¿Cómo sabré si se apaga la lumbrera, Señor?
—¡No te digo! Eres muy observador. No importa, Serafín, de todos modos me caes bien; me simpatiza encontrar gente como tú. Ya es el momento. Anda, ve de una buena vez.
Caminé hacia donde me indicó. Cuando ya no percibí el humo de la lumbrera volví la vista hacia los restos, donde pensé que aún estaría él, pero no era así, ya no había nadie. Empecé a caminar cuesta abajo, sin saber cómo di con la avenida Ermita Iztapalapa; más allá, unas torres vigía me indicaban una señal: desbordando de muchedumbre, el popular metro.
Miré el reloj marcaba, las siete de la tarde. En mi bolsa aún tenia los veinte pesos, en mi paladar el sabroso sabor de un buen guiso y el amargo dulzón de un buen vino.
Llegaría temprano a estrechar a mi Martina, todo gracias a mi buen amigo el Diablo.
| Enviado a: Mie Oct 06, 2010 7:50 pm |
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