viernes, 17 de junio de 2011

por ultimo, en este dia, traigo otro clasico.

con todo comentario, y correcion de panchito alias panchito.


helo aqui:


Amigo Mario, no tengo tiempo para detallarte los fallos de tu texto, como me pides, porque sería muy entretenido. Pero te envío "mi" versión paralela, respetando al máximo el texto que tú has escrito. He procurado no romper tu estilo ni tu peculiar modo de escribir, que es muy atractivo. Si revisas y comparas las dos versiones podrás ver los fallos que, a mi juicio, hay. Si tienes alguna duda sobre algo, a tu disposición.

Eres muy amable en las opiniones que das en el foro sobre mí, perece mentira que una vez chocásemos de aquel modo tan... tonto. Ambos. Ya hace mucho tiempo que yo lo olvidé.

Saludos cordiales
Fernando


Rosa María creció huérfana, solo al amparo de su caritativa tía Cecilia, mujer soltera muy a su pesar, y de sus muchos años. En ella vio la oportunidad de realizar ese capricho de ser madre, pues desde entonces la vio como la hija de sus propias entrañas.

La niña se convirtió en una bella jovencita de finos modales, acompasados movimientos y altiva figura en la que destacaban el moro de su piel lozana y el brillo enigmático de unos ojos verdes. La dulce voz que juega con el viento. Doña Cecilia paseaba orgullosa la belleza perfecta que era su hija Rosa María.

Las dos mujeres vivían solas, casi enclaustradas en un viejo caserón propiedad de la doña; se mantenían de la herencia de la niña, pues sus padres al morir le dejaron unos negocios. Todos bien habidos, producto del trabajo y la prudencia de antaño.

Costumbre de muchos años, al no tener compañía más que la propia, se adoptan mascotitas para hacer más pasadera las soledades. Las hubo de todas especies: perros, gatos, loros, canarios, hasta chivos y uno que otro borrico. Les procuraban muchos cuidados, muchos apapachos, que los animalitos pagaban con solícito apego y obediencia.

Pero hubo una mascota en especial que cautivo toda la atención de la señorita Rosa María. Un gatazo blanco, ojiazul, angora, precioso; muy pretencioso, marchaba con garbo, alzaba las orejas y la cola cada vez que se paseaba altanero por las esquinas de la casa. Maullaba deliberadamente, con claro propósito de llamar la atención.

Jonás llamaban al gato; y Jonás acudía presuroso al llamado de su ama, la graciosa señorita. Tanto era el cariño que le profesaba que no solo comía ricos manjares, si no que lo hacia del mismo plato de su dueña; a la hora de dormir, ella abría sus limpias sabanas al minino y sin el minino pudor descalzaba sus pies y desnudaba su piel a la vista de este. El mimado gatuno ronroneaba de satisfacción mientras no perdía detalle de los suaves movimientos femeninos.

El gato parecía tener una rara inteligencia animal; seguía, entretenido, los monólogos de la mujer y ella resultaba en creer que Jonás entendía sus palabras.

Un día Cecilia se dio cuenta de esta extraña conducta; comprendió al fin que su hija adoptiva necesitaba la congruente compañía de alguien más que una madre ya vieja y un gato chambón.

Había por el pueblo un joven de buen nombre, apuesto, educado, heredero de una gran familia. Buen prospecto para Rosa María. Cecilia, varias veces descubrió un cruce de miradillas cómplices, signo inequívoco de un romance que apenas empieza a despuntar, los domingos en la mañana, cuando el padre Flavio oficiaba su primera misa.

—Anda —le dijo su buena madre—, ya es tiempo de que te ocupes de los dictados del corazón, ahora es cuando los amores se perpetúan en la memoria. Si no, mírame a mí, por no hacer caso a los sentimientos nunca supe del amor de un hombre. No, hija mía, eso no quiero para ti.

Rosa María entendió la sapiencia materna. Basto con un pestañeo, para que los dos se prendiesen uno del otro.

En la noche, Rosa María volvía a su monologo habitual, el gato escuchaba atento cada palabra y si alguien lo hubiera mirado con mas detenimiento, observaría la grave dilatación de las pupilas; hoscos pareceres de desaprobación.

Las citas fueron mas frecuentes. Por fin una luz en medio de tanta soledad parecía encandilar una radiante felicidad. Todas las noches sin falta, la feliz muchacha detallaba sus encuentros amorosos, de las visitas a la casa de sus próximos suegros. Por que, eso si, pronto habría boda.

Fue una noche espléndida, con luna llena y sin nada de estrellitas, que vinieron los padres a pedir la mano formalmente en matrimonio. Doña Cecilia ordeno encerrar a Jonás; deseaba una velada a gusto, sin sobresaltos ni novedades de ninguna índole. Se hablo de tradiciones, épocas demasiadas viejas y nuevas costumbres. De la buena pareja que hacían los jóvenes enamorados. De fechas y horas; por ultimo de lo conveniente en que fuera Rosa María en irse a vivir a la casa de ellos.

Entre delicioso convite, charla y más, se acordó que así fuera. En unos meses más se unirían en santo casamiento.

Doña Cecilia adivinaba con solo ver a su hija la enorme felicidad que encerraba. En todo ese tiempo nadie toco el tema del gato Jonás. Sería que la suerte del gato estaba echada definitivamente.

El gato la aguardaba impaciente, maullaba molesto, y sin embargo... Por primera vez ella lo echo del dormitorio, ante la inusitada extrañeza de este, que varias veces quiso entrar y ella lo azuzó.

— ¡Jonás vete! ¡Fuera! ¡Largo! —¿Qué paso? Cuando el corazón se llena de amor, todo lo demás viene sobrando. Jonás sobraba.

De hecho fue Rosa María quien sugirió el destino del felino. "Se quedara con usted, mamacita, para que le haga compañía". El gato le lanzo una rabiosa mirada. Nadie se percató de eso, pero ahora Jonás vigilaba los movimientos de la señorita. Ella ni siquiera le platicaba por las noches lo que hacía por las tardes cuando, tomada del brazo de su prometido, paseaba por la ciudad. Iban y venían en la acometida de los preparativos.

Al traer el ajuar de novia fue la conmoción total, pues alguien lo dejó tendido en la cama, cosa que aprovecho Jonás para dormitar encima de el. Rosa María se lleno de ira al descubrirlo hecho un ovillo en el inmaculado vestido.
—¡Gato cochino! ¡Fuera, fuera! —gritó repetidas veces.

Doña Cecilia, alertada por las voces acudió presurosa.
—¿Qué sucede hija? —preguntó alarmada.

—Mamá, el gato llenó de pelos mí vestido.

En esa ocasión el gato fue tundido a golpes, con vara de bambú, y lanzado definitivamente de la habitación de la casadera.

El odio que brotaba de los ojillos azules de Jonás premeditaba cosa horrible por acontecer. Nadie prestó atención al maligno perfume que Jonás despedía.

Faltando una noche para al fin casarse, la niña se retiró a dormir, en espera del día nupcial. La casa entera se lleno de silencio, parecía dormir un sueño lejano de despertar.

Por la madrugada, Doña Cecilia se levanto sobresaltada; eran las cinco de la mañana, le extraño la completa calma que envolvía a esa hora a la casamentera. Se dirigió a su cuarto, tocó y llamo varias veces; nadie contestó. Abrió la puerta de golpe, las muchas sombras se abatían sobre las cosas.

—Rosa María, hija mía, qué ya es tarde —decía, mientras buscaba con qué romper la tiniebla.

"CLIC". Se iluminó de pronto todo aquello.

—¡¡Dios Santo!! —exclamó con estupor la buena mujer. Los globos oculares se agrandaron al máximo en un vano intento de despertar de esa pesadilla. Volvió a gritar, con hondo espanto.

—¡Nooo! ¡Rosa María, no!
Quien la descubrió, la encontró de rodillas, a un lado del lecho, con la mirada suspendida. Rosa María se hallaba tendida, desfigurada, la almohada tinta en sangre. Un maullido lastimero sonó debajo de la cama. Otros hombres comprendieron entonces que el gato fue el asesino de su propia ama.

Lo buscaron afanosamente con la determinación de matarlo, con la misma saña que obró. Mas parecía muchos gatos a la vez; su voz retumbaba a lo largo de la lúgubre casa. Después de muchas horas, el que iba ser esposo de Rosa María dio con él.
Le asesto un golpe de hacha en la cabeza. De inmediato un pútrido hedor invadió el lugar; muchos se santiguaron, y dicen que el techo tronó como si un espíritu malo abandonara este mundo.

El tiempo pasó, doña Cecilia se fue lejos de allí, a un asilo, donde nunca más habló. Murió de repente, nadie acudió a su sepelio.

La casa donde fue el atroz suceso también fue abandonada. Allí, si se tiene valor, se podrá escuchar, en la medianoche, el maullido de un gato perdido en la inmensidad del jardín: Jonás.


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2 comentarios:

  1. El odio que brotaba de los ojillos azules de Jonás premeditaba cosa horrible por acontecer. Nadie prestó atención al maligno perfume que Jonás despedía...

    Todo el relato está muy bien montado y, entre todas, me quedo con esta frase. Es de antología.

    Abrazos

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  2. gracias, panchito, este sin ser una anedocta de ningun lado fue un buen intento de trasmitir mi recelo a esos bichos... llamados gatos


    mario a.

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