sábado, 10 de marzo de 2012

De aquí a la eternidad

Margarita
De aquí a la eternidad, de aquí hasta donde el olvido me llegue… hasta ahí te amare.
No es que sea ingrato, pero el tiempo  es capricho; cuando menos vemos, ya paso, siempre rápido. Las señales que van quedando grabadas en la cara, en las manos, por todo el cuerpo.
Los arboles tardan mucho para secarse, en cambio nosotros; pos no, así de repente nos envejecemos. Así de repente ya somos viejos. Y los amores así… pos no duran.
Perdona mi franqueza, que más suena a cinismo. Pero para que te voy a engañar, con promesas simples. No te voy a olvidar tan fácilmente, no te voy a olvidar ¿se puede olvidar el nombre de uno? Sabes que no, pues así eres tú, eres mi nombre… aunque claro, te digo algo: nunca me ha gustado mi nombre. No me hagas caso, no quiero decir que tu nunca me has gustado; claro que sí.
Solo que  cuando envejecemos nos hacemos pequeñas criaturas de lo que fuimos algún día.
Si ese es el punto. Odio la vejez; cronos es implacable a la hora de sorprendernos en la tarde de nuestras vidas, a veces surcos secos donde no hubo semilla. Las espaldas se doblan ante el peso de los muchos años, amontonados en cestos de mimbre, dispuestos en largas filas. Manos invisibles nos los cargan… y ni cómo hacerse a un lado.
Eso es trágico, pero si el musculo no se quiebra ante lo inevitable,  pues menos la memoria.
De aquí a la eternidad, de aquí hasta donde el olvido me llegue… si es que antes  la guadaña no corta los hilos que mueven el motor de mis existencias. En fin, para que ponernos melancólicos; siempre lo has dicho: lo bonito es vivir el aquí y el ahorita… con eso pienso que a veces solo me das por mi lado, que no me tomas en serio; a mis cincuenta y tantos ya no me entusiasmo con facilidad de las novedades, será que ya crecí…
Cuando apenas  era un niño deseaba ser grande para poder salir a la calle. Cuando fui un mocoso joven, ansiaba con loco delirio ser mayor.  ¿Y ahora? No pos no, ahora solo quiero detener los años… pero como, ni dios puede.
Tienes mi promesa que solo será rota al viento del tiempo, es más de lo que puedo ofrecerte. ¿De ti que espero? Que se puede esperar de quien no conoce la paciencia. Si no lo mismo de lo ofrecido…

E. S.

20 noviembre 1956


Cuando la abuela murió, mi abuelo se derrumbo, pues de todo cuanto tuvo y conoció la abuela fue su preciado tesoro, ella lo acompaño en las buenas y malas. Nunca conocí a seres tan fuertes, tan recios en sus pensamientos. Moral o no, su espíritu inquebrantable, puesto a toda prueba. El abuelo perdió  más de la mitad de su vida cuando la abuela, aquella mañana ya no se levanto.  Yo de chiquillo jugué en su vieja casa de la colonia doctores, entre sus patios y habitaciones arme mil batallas. Cientas de peripecias al margen de cualquier atisbo de tragedia. En la compañía de mis abuelos, no había temores ni miedos. Ya después crecido y con titulo en mano, los vi llorar de felicidad y orgullo, su primer nieto era ya doctor; uno más de la familia Aguilar. En las fiestas decembrinas, la casa grande de la colonia doctores, vestía sus mejores galas, oropel y terciopelo cubrían las paredes, venían las familias del exilio, acudían presurosos los amigos, y los viejitos, mis abuelos, con los brazos abiertos a todos daban cobijo. Si por cosas de la vida afanosa, alguien traía lio con el otro, al hechizo del brindis del viejo Aguilar la reconciliación era ya posible, esa era la magia.
Pero todo se acabo a la muerte de doña  Margarita, las flores, los pájaros, los perros y los gatos, fueron muriendo lentamente por el abandono acumulado. Y por ultimo mi abuelo, don Tobías Aguilar, se moría igual poco a poco.
Esa tarde llegue a su casa, apesadumbrado,   de que servía ser galenos, si ante la muerte circunstancial nada podíamos hacer. Encontré que mi abuelo se columpiaba sereno en su silla, en su mano un puro a la mitad de  de la chupada y escupida de la flema escandalosa.
—pero abuelo, por dios, que no puede ya fumar; y mire cómo anda todo destapado.
Nunca olvidare su mirada, sus ojos  de profunda tristeza, eterna ausencia de emociones, ahora casi secos de todo llanto, suplicaban misericordia. Así como estaba, abrió la otra mano un papel arrugado cayó al piso. Volví a protestar y lo ayude a subir a su habitación, ya hasta muy tarde me retire, cuando pase por el saloncito trate de ordenar un poco la escenografía, sabía que mis padres, se horrorizarían de saber que estuvo fumando y mas esos puros que hasta yo le prohibí.
Levante todo y a punto estuve de tirar todo al cesto de basura cuando me dio curiosidad el papel estrujado.  Lo desenvolví  con cuidado  era un sobre y en el contenía una carta dirigida a mi abuela; la leí no una, si no muchas veces, al principio no entendía nada, pero poco  fui comprendiendo,  porque mi abuelo se me moría, inexorablemente, aunque ya tarde, había descubierto que su mujer, a la que adoraba con loco frenesí, a la que presumía a  las mujeres de la familia, como tenían que comportarse, como tenían que ser respetadas y amadas… le fue infiel con su mejor amigo  el doctor Eulogio Sotomayor, que para mi mala fortuna era el padrino de papá. Con razón al enterarse de la muerte de su ex amante, precipito su llegada a México. Su larga espera no fructífero, pues quien debía de morir antes no era mi abuela, si no el  viejo doctor Aguilar.  De aquí a la eternidad, de aquí hasta donde el olvido me llegue… hasta ahí te amare.
Tal vez el olvido nunca llego, pero si la muerte.

fin

mario a.                                                                                           marzo 2012